La necesidad de captar niños para los bailes en los cursos de danzas tradicionales de Fundación Bigott, y su desinterés en participar en estos, nos llevaron a indagar las razones de su aparente apatía e idear maneras de revertirla.

Una de las actividades motrices más importantes en la formación de los niños (incluso comparable con el deporte) es la danza, y muy especialmente la danza tradicional venezolana; Contenido lúdico, capacidad socializadora y preparación física, son algunas de sus virtudes. Las niñas se dejan cautivar fácilmente por este tipo de dinámica, caso contrario sucede con los niños.

Es frecuente ver en cursos o agrupaciones de danza por cada diez niñas sólo uno o dos varoncitos. Los talleres de Fundación Bigott no han sido la excepción. Esto es una gran limitante tratándose de bailes tradicionales en cuya participación la presencia masculina es de fundamental importancia tanto por la manera de bailarlo (parejas mixtas) como por el carácter varonil de los mismos. El joropo, baile de tambor, tamunangue y muchos otros ameritan la presencia masculina para su realización.

Luego de una sencilla búsqueda para identificar el por qué, indagando entre los niños, sus madres y profesores de danza, así como las observaciones diarias, encontramos que una de las razones más importantes del desinterés tenían sus orígenes, básicamente, en prejuicios heredados de la familia o entorno social: “La danza es para las niñas”, “tú no estás hecho para eso”, “bailas con un pie izquierdo”, había padres que lo imponían: “mi hijo no va participar en eso”. También encontramos que la negativa, en varios de los casos no era por el hecho del baile sino a ser parte de agrupaciones de danza o cursos destinados a la enseñanza del mismo.

Muchos de esos niños tenían la capacidad de bailar desarrollada en fiestas familiares donde modelaban a sus mayores, los mismos que les prohibían participar en los cursos. Otra razón es la natural disposición de algunos niños a negarse experiencias sin haberse dado la oportunidad de vivirla. Todo lo contrario sucedía si se trataba de cursos sobre tambores, instrumento que ejerce fascinación natural en los infantes, apenas ven un tambor ya quieren arremeterlo.

Creímos conveniente, por recomendación de los profesores, cambiar el nombre “Danzas tradicionales” por “Bailes tradicionales”, un término más coloquial que hace pensar en las fiestas de la familia y vincula con el contexto cultural para el cual Fundación Bigott ha orientado su misión: las fiestas tradicionales de Venezuela. Creamos una propuesta (en bloque) obligatoria para los niños que ingresaban por primera vez al programa Talleres de Cultura Popular, la misma incluía tambores, cuatro, Imaginería (elaboración entre muchos artículos imágenes de artesanía a partir de materiales diversos), bailes tradicionales; lo llamamos Talleres Básicos Introductorio; después culminados, los niños, ya habiendo vivido la experiencia decidían por cual especializarse.

Los resultados nos dieron la razón. Pudimos contar con una agrupación de bailes tradicionales con suficiente participación masculina.

El baile tradicional es recreación comunitaria humana y espiritual que cohesiona, fortalece los lazos identitarios más aún si se aprende en el contexto integral de la fiesta que involucra a músicos, bailadores, las jerarquías organizadoras (Cofradías), y el símbolo sagrado representativo de la comunidad: el patrono o la imagen que da sentido religioso y cultural a la práctica.

José Esteban Pérez Sira.