Skip to main content
Cultura popular

La fe que trajo el mar

Al indio le llegaron la espada y el rezo, porque el soldado descubrió tierras y hombres para la riqueza de su Rey, y el fraile halló una legión de nuevas almas para poblar los cielos de su Dios. Y avanzaron la bota y la sandalia, protegidas por la cruz del cristianador. Se destruyó el altar, se quemó el ídolo y se sembró el temor para poder redimir al alma oscura, implantando así la nueva fe.

El indio entonces debió guardar sus dioses y sus danzas, su ave y su pez, y sus espíritus guardianes de la tierra y de la lluvia. A la oscuridad terrosa del barro se le enfrenta la luz del cristianismo y desde el otro lado del mar, se refuerza la cruzada de la fe con un imagentario de tablas, tallas, retablos y pinturas. En provecho del Rey se extrae la perla del pulmón de indio, se levantan poblados a lomo de indio y se hace parir la tierra a brazo de indio. Los labios del indio aprenden las palabras pecado, demonio, humildad, resignación sumisión y paciencia.

La nueva fe cambia a los ídolos cabezones por bellas vírgenes y finos santos, humanos como todos los hijos de Dios, vestidos como los predicadores que hablan de las bondades de un cielo que el indio no descubre, por más que mire hacia las nubes.

Con el nombre de los nuevos elegidos se fundan lugares que se ponen bajo su protección: Coro, de Santa Ana; El Tocuyo, de Nuestra Señora de La Concepción; Boro de Santa Teresa. Carora, de San Juan Bautista; Guanaguanare, del Espíritu Santo; Los Reyes de San Sebastián y Caucagua, de Nuestra Señora de La Encarnación. Cada barco trae nuevos santos para nuevos poblados. Se trae el lienzo con escenas de castigo, para que lo entienda el que no sabe leer, donde mujeres y hombres impíos son quemados en llamas avivadas por demonios. Viene el rezo purificador y la jaculatoria insistente y nada escapa al esfuerzo redentor.

Fray Pedro de Oña, en acto de suprema fe, regalará a la Iglesia Parroquial de Caracas una reliquia ósea de San Vicente mártir; desde el cementerio de San Lorenzo de Roma, emprende viaje por Génova, Cádiz y Puerto Rico, el cadáver sagrado del gloriosa San Celestino, que recala con gran privilegio en la Barcelona de Venezuela, y los restos de San Clemente, mártir decapitado en los primeros tiempos del cristianismo, vigilarán los rezos peticionarios en la Mérida de Los Caballeros.

La mano de Dios protege a sus santos y la imagen no destruida por el saqueo, el incendio o el cataclismo, será la sostenedora de la fe. Por eso, cuando la indiada de los Quiriquire y los Tomuza convierte en pira a San Miguel de Orituco, y entre la tanta brasa y la tanta ceniza de destrucción, se rescata la imagen intacta, con la cara apenas chamuscada, se dice que obró la mano de Dios. Cuando el terremoto de 1641 abate Caracas, se raja la Iglesia Mayor y sobre ella, coro y campanario forman una sola masa de escombros, pero de entre las ruinas de tierras y maderas, el desolado obispo Fray Mauro de Tovar rescata en su custodia a la hostia ese día consagrada; es la mano de Dios. Cruje la tierra en Barquisimeto el 26 de marzo de 1812, haciendo caer a toda la iglesia de Santa Rosa, pero tras un largo tiempo después, removiendo las ruinas sin esperanzade nada, un grupo de fieles encuentra, apenas si manchada de polvo, a la imagen dulce de la Divina Pastora. No es difícil pensar que tanto prodigio no cuente con la ayuda del cielo y su mano divina.

 

Texto extraído del libro Milagreros del camino, editado por Fundación Bigott.