En numerosas poblaciones de la zona limítrofe de los estados Lara y Falcón, las comunidades campesinas descendientes de las etnias indígenas que habitaron la región (Ayamanes, Gayones, Caquetíos, y Jirajaras) celebran la cosecha del maíz y agradecen a la naturaleza por sus dones con la fiesta de “Las Turas”.

Esta celebración se puede llevar a cabo cualquier día entre los meses de julio y septiembre, sin fecha fija, como ocurre con otras de las etnias indígenas.  Hay referencias de una antigüedad de casi dos siglos de esta danza ritual, que tiene como condición que el maíz esté a punto para elaborar las bebidas (carato) que se consumen durante el festejo.

La ceremonia es de origen predominantemente indígena, a la que incorporan elementos de la tradición cristiana. Hay dos tipos de la misma celebración, “La Tura Grande”, practicada en aislados lugares de la serranía, cuando el maíz del conuco de los organizadores del festejo está seco. A ésta asisten exclusivamente personas iniciadas en el rito, sus detalles son desconocidos por su carácter íntimo y misterioso. Y la “Tura chica o Tura pequeña”, que se lleva a cabo cuando el maíz del conuco del capataz está tierno (jojoto), adecuado para hacer mazamorra. La Tura Pequeña de Mapararí en el estado Falcón es la más conocida, también se lleva a cabo en otros lugares que han sido menos visitados.

Turas maparariEn Mapararí, la Tura está desde hace mucho tiempo asociada al culto de la Virgen de las Mercedes y se realiza los días 23 y 24 de septiembre. Es posible que la festividad haya sido vinculada a esta advocación mariana, ya que, en 1637 las autoridades de la Iglesia autorizaron su patronato sobre las plantaciones de cacao, que habían sufrido ese año un severo azote de plagas. Por tanto, es probable que su protección se haya extendido a otros cultivos como el maíz.

Los integrantes de la sociedad a cargo del ceremonial están organizados jerárquicamente como otras cofradías. El capataz es la máxima autoridad, y lleva durante el festejo un látigo con varios nudos arrollado en su brazo, como símbolo de su investidura, forman parte de dicha sociedad varios mayordomos cuyo mando es renovado anualmente, ayudantes, cazadores y danzantes. Un personaje de suma importancia es la reina de las Turas, quien nos remite a los más antiguos rituales propiciadores de fertilidad. La reina lleva cetro y una corona con adornos vegetales (vainas de frijol y bejucos de batata), su responsabilidad es la preparación de la bebida ritual (chicha de maíz) que se ofrecerá durante el festejo. Actúa como anfitriona de los participantes en el baile que se llevará a cabo al caer la noche del día 23 de septiembre, víspera del día de las Mercedes, ante un altar que llaman “El Palacio”, que ha sido instalado unas horas antes.

En el centro del “Palacio”, se encuentra una gran cruz de madera, colocada bajo una enramada hecha con tallos de caña de azúcar con sus penachos, en la que cuelgan mazorcas de maíz seco, en unidades de dos en dos atando sus hojas y también piezas de cacería. Al pie de la cruz, los asistentes colocan como ofrendas diversos tipos de frutas, producto de los conucos locales. Un grupo de trece velas se ubica frente a la cruz (se dice que en representación de Cristo y sus doce apóstoles). Para los brindis que se ofrecerán, los asistentes llevan también botellas de aguardiente o ron, se prepara un sancocho al cual también contribuyen y que se consumirá durante el festejo nocturno.

Los músicos tocan diversos instrumentos: flautas de caña (macho y hembra) que se denominan Turas, que le dan el nombre a la celebración; silbatos de cráneo de venado con sus cuernos, llamados “cachos” pequeño y grande; y una maraca en la mano derecha. Se sitúan detrás del altar y en los diferentes momentos de la danza pueden hacer giros completos en torno a él, simulando movimientos de persecución y huida. Diferentes melodías son interpretadas durante el festejo, algunas tienen nombres de animales o semejan el sonido de la caída de la lluvia.

Los danzantes van llegando paulatinamente y se colocan en semicírculo frente al altar, formando una fila, y apoyándose con ambos brazos sobre los hombros del compañero de cada lado, que a su vez lo toman por la cintura, estos no siguen ningún orden, el que va llegando va uniéndose a la fila. A medida que aumenta el número de participantes se va formando un espiral que se mueve pausadamente al ritmo de la música, hacia adelante y hacia atrás. Los danzantes pueden en algún momento salir del grupo para comer o beber y regresar nuevamente a integrarse al final de la fila, toda la noche se prolonga el baile.

El 24 de septiembre, día de la Virgen de las Mercedes, muy temprano en la mañana se retiran las ofrendas vegetales del altar, los Tureros se dirigen con ellas a la Iglesia de Mapararí, y asisten a la misa. Al concluir la ceremonia eclesiástica, salen corriendo con las ofrendas y llegan hasta un lugar cercano donde las depositan al pie de un árbol previamente seleccionado, al que denominan “Árbol de la Basura”, derraman chicha sobre el tronco, encienden velas al pie y después recogen algunas hojas que llevan a sus hogares para que les traiga prosperidad. Durante todo el tiempo los músicos acompañan al grupo con el sonido de sus instrumentos y melodías características.

En las fiestas rituales de Venezuela se hallan expresiones muy antiguas y universales: los recorridos por las calles, las representaciones teatrales, el canto, la música, la danza y el uso de indumentaria especial, son parte de sus rasgos sobresalientes. Estas celebraciones están vinculadas básicamente a conmemoraciones que la Iglesia católica dedica a sus principales símbolos y cuentan con generalizada aceptación por parte de los miembros de las comunidades donde se lleva