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Cultores

El arte como ejercicio de libertad

La historia del arte venezolano tiene sus silencios y sus resurrecciones. Manasés Rodríguez, un hombre de discreción absoluta —capaz de disimular su asma ante una vitrina para no preocupar a los amigos—, fue protagonista de uno de esos retornos brillantes. Aunque durante una década su nombre pareció desvanecerse de las galerías, su reaparición en los años 90 con la exposición Imágenes del Genio Popular en la Galería de Arte Nacional y su antología en el Museo de Petare, confirmó lo que críticos como Miguel Otero Silva y Juan Calzadilla ya sabían: Manasés no era solo un pintor popular más; era una anomalía maravillosa, un creador inclasificable que pintaba con la misma naturalidad con la que otros respiran.

Un Hijo Legítimo de Caracas

Intentar etiquetar la obra de Manasés es un ejercicio de frustración para los académicos. Su pintura no encaja cómodamente en el arte ingenuo o naïf, pero tampoco obedece a las rigurosas leyes de las vanguardias cultas. Es, en palabras de la crítica, un «hijo legítimo de Caracas«. Sin embargo, su caraqueñidad no radica en pintar el Ávila o las esquinas de la ciudad, sino en haber absorbido por ósmosis el ritmo frenético, el color y la visualidad de la urbe. Taxista de profesión durante años, Manasés miró la ciudad a través del parabrisas, visitó cines y observó de reojo el mundo cultural sin formarse en ninguna academia. De esa «universidad de la calle» surgió un estilo propio que algunos compararon con Paul Klee o Jean Dubuffet, aunque él juraba —con honestidad— no conocerlos. Su arte fue un milagro de generación espontánea, nutrido por la intuición y la libertad.

La Obsesión por el Rostro Humano

Si algo define la obra de Manasés es su persistente obsesión por la gente. Durante treinta años, su tema central fue el rostro humano, casi siempre visto de frente. Pero no pintaba retratos de personas reales; pintaba personajes que nacían en el lienzo. Lo sorprendente es que, a pesar de repetir el mismo tema década tras década, nunca cayó en la rutina. Cada rostro era una invención impredecible: reyes de reinos inexistentes, sirenas fantásticas o personajes con oficios insólitos. Manasés permitía que el azar guiara su mano; no había bocetos previos ni cálculos matemáticos. Su proceso era lúdico, un juego serio donde la pintura fluía con la espontaneidad de una conversación o de una improvisación musical, permitiendo que la materia, las texturas y el color decidieran la identidad del personaje final.

El Arte como Refugio y Libertad

Para Manasés, pintar era la antítesis del trabajo alienante. En un mundo industrial donde el obrero repite mecánicamente gestos sin sentido, el arte de Manasés se erigía como un bastión de libertad pura. Pintaba por placer, por adicción, por la necesidad vital de crear mundos donde no existían las presiones de la competencia ni las angustias de la vida cotidiana. Su obra, cargada de texturas rugosas y contrastes inesperados, no buscaba ser una «obra maestra» solemne, sino un espacio de juego y recreación. Al renunciar a la lógica racional y entregarse al automatismo psíquico y a la intuición, Manasés nos legó una pintura que, más allá de su belleza estética, funciona como un alegato a favor de la libertad humana: la capacidad de imaginar y construir una realidad propia, lejos de las cadenas de la rutina.

Extracto y síntesis de un artículo de la Revista Bigott #39, editado por Fundación Bigott en el año 1996