En las estepas de Falcón, donde el sol parece calcinar el paisaje y el viento borra los caminos, existe una fuerza misteriosa que ata a sus habitantes a la tierra. No es solo supervivencia, es una fidelidad ancestral. La artesanía en esta región no es un mero objeto decorativo, sino una respuesta tenaz al medio ambiente; una historia que comenzó hace miles de años con los cazadores de megafauna en Taima-Taima y que hoy persiste en las manos de hombres y mujeres que transforman el barro, la madera y la fibra en testimonios de resistencia cultural frente al olvido.
De la Piedra al Barro: Un Linaje Milenario
La memoria de Falcón se hunde en el tiempo profundo. Desde las puntas de proyectil de El Jobo hasta las herramientas de concha marina de los primeros recolectores, el ingenio ha sido clave. Esa herencia se cristalizó en la cerámica: antiguas técnicas de enrollado y quema a cielo abierto que, sorprendentemente, se mantienen intactas hoy en día. En localidades de Paraguaná como Miraca, las loceras —herederas de matronas como Mamá Chica— siguen modelando el barro con los mismos gestos que sus antepasados indígenas, preservando un saber que ha desafiado siglos de cambios climáticos y sociales.
El Esplendor de Coro: Plata, Madera y Fe
La historia artesanal tuvo otro capítulo de oro —y plata— en la ciudad de Coro. Durante la colonia, la devoción religiosa impulsó el surgimiento de gremios de orfebres y ebanistas de talla mundial. Maestros como Antonio Adames, en el siglo XVIII, crearon piezas eucarísticas monumentales, dominando la evaporación del oro y el mercurio. Fue una época donde carpinteros, doradores y pintores llenaron los templos de retablos e imágenes, fusionando la técnica hispana con la influencia del comercio antillano, dejando un legado artístico que aún resuena en el casco histórico de la ciudad.
Lo que se hace a Pulso: La Resistencia Viva
Más allá de los museos, en los recodos de Moruy, El Perú o Adícora, la artesanía respira «a pulso». Es la definición de Juan Martínez, tallador que convierte maderas duras en utensilios con herramientas hechas de desechos. Es el trabajo de quienes tornean el cardón para hacer sillas, de las tejedoras de chinchorros en La Boca o de familias como los Quintero que transforman la humilde tapara en arte. Estos oficios, amenazados por la industrialización y la diáspora hacia las refinerías, representan el verdadero capital cultural de la región: una lección diaria de dignidad y autogestión comunitaria.
Extracto y síntesis de un artículo de la Revista Bigott #49, editado por Fundación Bigott en el año 1999.










