¿Qué convierte a una preparación tan modesta en el símbolo indiscutible de toda una cultura gastronómica? A lo largo del siglo XIX, diversos viajeros extranjeros juzgaron la arepa por su aparente insipidez, sin comprender que esa neutralidad de sabor constituía, en realidad, su virtud más sobresaliente.
Lejos de ser un defecto, su sabor discreto le permite funcionar como el acompañante perfecto o el recipiente ideal para cualquier alimento. Como vehículo del sabor, admite infinitos rellenos, denominados tradicionalmente “pasajeros” en la región andina, que van desde el queso fresco y el perico hasta carnes guisada, integrando una diversidad de ingredientes sin alterar su esencia.
Origen ancestral y la técnica del budare
La voz erepa, de origen cumanagoto, evidencia que la costumbre de consumirla proviene de los pueblos indígenas antes del proceso de conquista española. Aunque antiguos diccionarios internacionales la definieron erróneamente como una empanadilla o un pan elaborado con huevos y manteca, la tradición demostró que la verdadera arepa nace del maíz cocido y molido, elaborado pacientemente sobre el budare o la plancha.
La «tostada» urbana y el refugio poético
A lo largo de los siglos XIX y XX, la costumbre de rellenarla dio origen a las populares “tostadas”. En la dinámica urbana de distintas regiones del país, la arepa se consolidó en tradicionales estanquillos, carritos nocturnos y célebres establecimientos donde se servía acompañada de café con leche o chocolate, convirtiéndose en un punto de encuentro y socialización cotidiana.
Esta presencia fundamental inspiró a numerosos poetas venezolanos, quienes vieron en ella una metáfora del sustento popular y la calidez del hogar. Autores como Job Pim o Aquiles Nazoa plasmaron en sus versos la dimensión afectiva del disco de maíz, imaginando imágenes poéticas donde el cielo se transforma en budare y la arepa en un refugio accesible para todos.
Variantes regionales y el pan democrático
Junto a la versión tradicional de maíz pilado o pelado, la geografía nacional enriqueció el panorama con múltiples variantes regionales, tales como las arepitas dulces de anís, la de chicharrón o la zuliana arepa de coco cocida sobre hojas de bijao. La posterior llegada de la harina de maíz precocida simplificó su elaboración doméstica, facilitando su presencia continua en la mesa diaria.
La arepa trasciende su condición de alimento básico para afianzarse como un elemento vivo de la memoria y la identidad venezolana. En su sencillez radica su nobleza: un pan democrático que ha sabido acompañar la historia del país y reunir a las familias alrededor del fuego.
Extracto y síntesis del libro El Pan Nuestro, de Rafael Cartay, editado por Fundación Bigott en el año 1995.










