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Patrimonio cultural

Península y Petróleo

Llegar a Paraguaná en aquellos años era encontrarse con un territorio donde el viento dictaba las reglas y la sed marcaba el ritmo de la vida. La aridez de sus caminos, la ausencia de ríos y la costumbre de asentar el agua con tunas y cardones formaban parte de una rutina que parecía inamovible. Allí, en medio de jagueyes y casimbas, los pobladores criaban chivos, sembraban lechosa, guayaba y millo, y esperaban cada temporada de lluvias como quien espera un milagro. Fue en este paisaje agreste, casi detenido en el tiempo, donde apareció la industria petrolera para transformar la península desde sus cimientos más íntimos.

Los antecedentes de esa transformación se remontan al siglo XIX, cuando diversos estudios técnicos comenzaron a revelar la riqueza petrolífera del país. Esos informes, que parecían solo papeleo distante, impulsaron la creación de un marco jurídico que tomó forma con los primeros códigos de minas y que adquirió verdadera fuerza tras la llegada al poder del general Juan Vicente Gómez. Para 1913 ya el Zamuque N°1 en Mene Grande marcaba el inicio comercial de la explotación petrolera en Venezuela, y con ello se encendió una chispa de modernidad que alcanzaría más tarde el istmo paraguanero.

La presencia extranjera comenzó a definirse con mayor claridad en la década de 1920. La South American Gulf, S.A., luego Venezuela Gulf, llegó con ingenieros y peritos en busca de nuevas oportunidades. El buque Filadelfia los trajo desde Nueva York mientras, en cubierta, entre juegos de póker, se debatía si instalarse en Maracaibo o arriesgarse por Paraguaná. Fue Harold G. Foss -comerciante de boñiga de chivo y residente de La Vela- quien inclinó la balanza al describir las ventaja de la bahía de Las Piedras. Y así, casi por intuición, se decidió el destino industrial de la península.

Los trabajos avanzaron con rapidez y, apenas concluido el muelle, comenzaron a llegar vapores desde Estados Unidos cargados con agua del río Hudson, indispensable para levantar las primeras estructuras de la industria en Paraguaná. Mientras eso ocurría, la población continuaba padeciendo la escasez: caminar largas distancias para llenar tanques con un agua barrosa que debían “aclarar” con tunas o cardones seguía siendo parte de la rutina diaria. En paralelo, el auge de las refinerías provocó un desplazamiento masivo desde pueblos como Adícora y Pueblo Nuevo hacia los campamentos petroleros, urbanizaciones cercadas y regidas por normas estrictas que procuraban controlar hasta la conducta de sus habitantes.

Aún así, las costumbres rurales se imponían entre los portones: gallineros, chivos y pequeñas siembras que terminaron prohibidos por razones de higiene y estética, mientras que la vida alrededor de las refinerías comenzaba a dividirse entre jerarquías laborales, códigos de comportamiento y la llegada de inmigrantes que impulsaron el comercio local.

Como en toda región marcada por la actividad extractiva, surgió también una industria paralela hecha de bares, juegos y prostitución, alimentada por la soledad de una fuerza laboral joven que buscaba distracción. La vida social se transformó con la presencia de árabes, españoles, portugueses e italianos, y se enriqueció culturalmente con iniciativas como la revista Península, que a finales de los años cincuenta reunió voces críticas y reflexivas sobre los cambios que vivía la península.

Estos esfuerzos se consolidaron luego con instituciones como el Ateneo de Punto Fijo, impulsando orquestas, escuelas y centros culturales que marcaron una nueva identidad regional. Sin embargo, el crecimiento desigual -que favoreció al oeste industrializado y dejó rezagado al este rural- evidenció una fractura que ni siquiera la nacionalización del petróleo logró cerrar. Hoy, en medio de los intentos por rescatar tradiciones, festivales y memorias orales, la península busca equilibrar su herencia agrícola con un futuro que dependen del turismo y del cuidado de una identidad que, pese al viento, la sal y el fuego subterráneo del petróleo, aún persiste con fuerza.

Extracto y síntesis de un artículo de la Revista Bigott #49, editado por Fundación Bigott en el año 1999.