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Patrimonio cultural

Arte rupestre: huellas de una oralidad perdida

En distintos rincones del territorio venezolano -Zulia, Lara, Aragua, Monagas, Apure, Bolívar y Amazonas- permanecen visibles sobre la piedra un conjunto de signos que anteceden a toda palabra escrita. Las pinturas y grabados rupestres conservados en abrigos rocosos, paredes y senderos testimonian la temprana necesidad de los primeros habitantes de hacer abstracciones, sintetizar ideas y construir imágenes del pensamiento. En esos espacios consagrados, hoy convertidos en vestigios silencioso, se cifra una de las formas más antiguas de comunicación simbólica del país.

El arte rupestre no responde a una intención decorativa ni a una voluntad narrativa en el sentido occidental. Sus figuras -geométricas, antropomorfas, zoomorfas o combinadas- remiten a sistemas de pensamiento profundamente vinculados con la experiencia del mundo, el entorno natural, los mitos de origen y la relación con los ancestros. Círculos, espirales, soles, retículas, manos impresas, animales y signos en apariencia abstractos conforman un repertorio visual que revela una forma de conocimiento sostenida por la ritualidad y la memoria oral.

Estas manifestaciones se inscriben en lo que muchos investigadores identifican como lugares sagrados, centros simbólicos donde era posibles establecer contacto con el mundo de los antepasados y con las fuerzas que ordenaban el universo. A diferencia de otras culturas antiguas, los pueblos originarios de Venezuela no dejaron arquitecturas monumentales; sin embargo, las huellas rupestres constituyen una fuente invaluable para comprender el desarrollo intelectual, estético y espiritual de esas sociedades.

Desde esta perspectiva, el arte rupestre no es una manifestación aislada del pasado, sino parte de una continuidad cultural fragmentada. Sus signos sobreviven, transformados, en prácticas simbólicas actuales como la pintura corporal, la ornamentación ritual y el pensamiento shamánico, donde pintar no implica imitar la naturaleza, sino expresar ideas, conocimientos y fuerzas invisibles. Cada signo activa un sentido que solo cobra plenitud dentro del ritual y la palabra, hoy en gran medida perdida.

El estudio del arte rupestre en Venezuela es aún incipiente. La falta de métodos de fechamiento precisos y de contextos arqueológicos claramente asociados hace que cada hallazgo abra más preguntas que respuestas. Sin embargo, estas imágenes siguen siendo una vía privilegiada para aproximarse a las primeras formas de simbolización del territorio.

En la piedra persiste una memoria cifrada: una escritura sin alfabeto que, desprovista ya de su oralidad original, continúa interpelándonos desde el silencio.

Extracto y síntesis de un artículo de la Revista Bigott #23, editado por Fundación Bigott en el año 1992.